El misterio de Aaron

La buena nueva consiste en que ya no hay contrastes; el reino de los cielos pertenece a los niños, la fe que hace oír ahora su voz no es una fe conquistada con la lucha. Existe, está desde el principio, es, por así decir, una inocencia infantilesca espiritual. Una fe así no se enoja, no censura, no se defiende, no lleva la espada, no presagia hasta que punto podría llegar alguna vez a dividir. No se demuestra ni con milagros, ni con recompensas, ni siquiera mediante la escritura. Ella misma es en cada momento su milagro, su recompensa, su demostración, su reino de Dios. Sin duda, la contingencia del ambiente, de la lengua, de la educación previa determinan su círculo de ideas.  El Anticristo, Friedrich Nietzsche

Filmar a Aaron

¿Para qué filmar?, ¿para qué coger, una vez más, la cámara, alzarla y confrontarla contra el rostro del pequeño Aaron?. ¿Hay en su mirada un misterio? ¿Hay en su rostro, en sus manos, en su gesto de sorpresa ante una realidad siempre esquiva y esquivada, un pequeño milagro que el propio cine se enorgullece ontológicamente de poder recoger?, ¿de poder salvaguardar?. ¿Qué haríamos sin semejante artefacto mecánico que nos sirve de ojo  y recorder, que nos ofrece un mundo expandido y la posibilidad de pararnos en aquellas cosas que siempre han estado ahí pero nunca hemos querido mirar?. ¿Por qué volver a filmar un rostro? ¿Hay algo distinto en el rostro de Aaron?, ¿es quizás su relación con un mundo formado que viene a deformar su inocencia? ¿Y por qué filmarlo? ¿ Acaso no bastaría con contarlo? ¿Qué aportan las imágenes allá donde muere la palabra?. ¿Por qué hacer una película y no un discurso?. Hacer cine es hacer preguntas, pero, ¿preguntas sobre qué?. Un carpintero conoce el objetivo de cada martillazo, sabe exactamente en que lugar encajan cada una de las piezas de su engranaje. Y lo que es aún más difícil, no sólo sabe donde encajan, sino también sabe porqué.  ¿Podemos decir lo mismo de un cineasta?. Filmar un rostro desencajado ante “lo de fuera” como el de Aaron te obliga a posicionarte. ¿Quién soy yo?, ¿alguien interesado en lo real o alguien interesado en el cine? ¿Son conceptos compatibles o incompatibles. Ya lo decía Burch, todo aquello que la cámara no encuadra no existe en ningún otro lugar. Quizás porque anclar la cámara en la tierra y enfrentarla contra el mundo nunca nos devuelva una posible realidad seleccionada, sino un misterio mucho más profundo, algo que tiene más de cinemático que de real.  De este modo, el ruido ensordecedor que  estornuda sobre cada una de las imágenes que inundan la película tiene poco que decir sobre casi  nada; es una ilusión. El misterio de Aaron es la historia de una negación, como gesto político (pues filmar siempre es un gesto político). La realidad no existe; la imagen es otra cosa bien distinta. El cine sólo sabe de sí mismo, por sus venas y sus arterias emana una sangre transformadora. No hay más verdad en el gesto de Aaron que aquella que convierte su cuerpo en un objeto susceptible de ser filmado. Como cineastas no creo que seamos meros observadores. Para mirar no necesitamos una cámara, pero sí para documentar, una vez más, pues siempre hay que volver a las mismas preguntas, qué es la realidad y qué es, por el contrario, la realidad cinematográfica. Pues si somos observadores de algo lo somos de esta segunda, aunque todavía no podamos responder tantas cuestiones. Todavía es pronto. El cine es un arte joven. Tal vez, como avisaba Truffaut tras Les quatre cents coups, no debamos filmar niños porque queramos comprenderles, sino tan sólo porque se les quiere. Hoy recogemos las enseñanzas del maestro y vamos un poco más allá: Quizás no debemos filmar buscando comprender, a modo baziniano, qué es el cine y como funciona, sino tan sólo hacerlo porque lo amamos, porque amamos el cine. Y eso ya es motivo suficiente para hacer una película.

SEFF 2016, Sección Resistencias

http://festivalcinesevilla.eu/es/programacion/pelicula/el-misterio-de-aaron