Un juego

The do-deca-pentathlon-Jay Duplass, Mark Duplass

Jett Garner, uno de los personajes de la segunda película de los hermanos Duplass, Baghead, una suerte de director de cine del extraradio, expone las claves para entender el universo que rodea toda su obra, y a su vez, toda la obra de lo que ya se conoce como Mumblecore, un género en sí mismo que nace a partir de la destrucción absoluta de géneros canónicos: un presupuesto bajísimo, todo lo que se pueda, usando para ello soporte doméstico como modo asumido de filmación, así como aceptar la improvisación actoral en detrimento del guión establecido.

"Cuando te despiertas cada mañana, ¿piensas en lo que vas a decirle a la gente durante el día? No, entonces... ¿por qué hacerlo en una película?"

No obstante, el Mumblecore es algo más, hay en su interior un intento de alzar la voz, de hablar sobre sobre las capacidades del cine y nuestra relación con él. Las primeras películas de la pareja nacen con una clara vocación reivindicativa. En su ópera prima, The Puffy Chair, su cámara se convierte en trasunto del deseo humano de la huída; los hermanos Duplass no entienden el dispositivo como un modo de acceder a la vida, sino como un espejo que proyecta libertad, irreverente y desnuda. Baghead demuestra que el mal uso del medio, y la explotación de la industria, puede conducir a la catástrofe. En un ejercicio metafílmico, los hermanos construyen un entramado,cargado de clichés pertenecientes al género de terror, que entiende la ficción hollywoodiense actual como una mentira difícil de mirar, camino que, a lo largo de sus siguientes cintas, han ido desarrollando como auténtica seña de identidad. Para ello, estos jóvenes cineastas americanos, asumen el ruido del vídeo casero como valuarte cinematográfico, pero lejos de enarbolar dicho soporte(otros ya lo han hecho mejor), convierten su cine en un continuo tour de force contra la estructura narrativa clásica y sus formas escasas, encontrando en la imagen íntima un perfecto canal que vehicula el desmontaje del sistema industrial. No pretenden hacer otro cine, ni demostrar que se puede hacer con otros medios. El cine directo no lo es tanto por su inmediatez como por su claridad de ideas: la deconstrucción de un formato trillado, sin para ello recurrir al mismo código del mensaje que se transfigura. Algo que no tuvo tan claro una película como The Cabin in the Woods, perdiéndose en su propio juego de parodia autoconsciente que acaba convirtiéndose en el mismo producto que pretende parodiar. El cine deviene en un acto de energía, el amor, el terror o el drama que nace de la ficción no es más que el reflejo de su vacío, de la impostura de su calado emocional, un conjunto de reglas autoimpuestas escritas en el decálogo de un "buen" manual de cine, un pastiche industrial con sabor a plástico facultativo. Nada existe, sólo el velo que destapa la función. La saturación de la forma conduce a la pérdida de significado.

En su último trabajo, The Do-Deca-Pentathlon, los hermanos Duplass vuelven a desplegar todo su repertorio de desenfoques y encuadres huidizos. Proyectan sus obsesiones en los personajes que construyen, se convierten en transposición literal de su juego cinematográfico: dos hermanos que compiten en absurdas pruebas destinadas a preservar el honor familiar. Si en todo su cine la visión del medio, y su construcción, nos estallaba en la cara, en este particular Do-Deca dan un paso más, visibilizando el proceso creativo que hay detrás, el caos guerrillero y rebelde tras dos cineastas que nunca entendieron su oficio como algo susceptible de ser enjaulado. No queda lejos el trabajo de Hithoshi Matsumoto, ni de Juan Cavestany, que en películas como Symbol o la reciente Gente en Sitios, respectivamente, reflexionan sobre el acto de creación de la comedia, uno a través de la suecesión de gags inconexos y otro a través del gag que nunca llega a culminar. Se torna imposible no pensar en #littlesecretfilm, movimiento español que le debe mucho al Mumblecore, y que ejemplifica a la perfección la consecuencia moral, y casi vital, de un grupo de cineastas alérgicos al corsé y a las puertas cerradas. Mientras cierto sector de la industria descansa, el sueño puede continuar, como un gesto de insomnio creativo que, tras su aparente obsesión compulsiva sólo deja al descubierto las costuras de una pasión imposible de digerir. El cine también puede ser un juego, sólo nos queda que la industria nos deje jugar. Eso sí, lejos de sus garras envenenadas.

Carlos Rivero