La crisis del cuerpo

El señor- Juan Cavestany

Año 1915, Chaplin resbala, por primera vez en la historia del cine, con una cáscara de plátano en uno de sus primeros cortometrajes (Charlot a la plage), sirviéndose en exclusiva de su cuerpo y la interacción con los objetos para provocar la atracción en un todavía joven espectador. Casi cien años más tarde, al inicio de Dispongo de Barcos, los personajes de Antonio de la Torre y Roberto del Álamo se pasean transmutados en zombis contemporáneos entre las ruinas de un mercado desolado por la crisis financiera, eso sí, ajenos a la destrucción del espacio que recorren sus cuerpos cansados. Juan Cavestany, hastiado de Borjamari y Pocholo y de un entorno rodeado de Gente de Mala Calidad, esboza un universo que encuentra en su insoportable vacuidad el único vehículo hacia la coherencia de la forma cinematográfica, explorando un camino que pasa por El Señor hasta desembocar en Gente en Sitios: el cine como ausencia, como fiel retratista de un país que descompone su existencia en pequeños pedazos inenarrables.

No es tiempo de mirar hacia otro lado, cineastas como Pablo Llorca, desde la más absoluta marginalidad, han reflexionado sobre nuestra pérdida de identidad en películas como El mundo que fue y el que es , Recoletos arriba y abajo o Un Ramo de Cáctus. Si bien a diferencia de Cavestany, sus personajes se resisten, a toda costa, a diluirse entre los márgenes que marcan el fin de una ficción golpeada por una forma convulsiva, por un encuadre nervioso y un montaje que refuerza la idea de un cine extinto. El Señor se pasea por las calles de Madrid, observa su entorno desde una mirada inerte. El cambio no es posible, no hay necesidad de fingir la ficción, su deambular no tiene más sentido que el impuesto por su falta de autenticidad, por la mimética de su cuerpo y la realidad del espacio que transita.

De manera progresiva, el cosmos que nace de la visión de Cavestany ha ido radicalizando su mirada en busca de la desaparición de un orden que armonice el relato. En El Señor, ya no es posible el juego colectivo de miradas que se enfrentaban ante la ausencia de un objetivo vital en Dispongo de Barcos, pero todavía el hombre conserva su condición de cuerpo que se resiste a dejar de ser filmado, un cuerpo que deviene en crisis. Es hora de volver a Charlot, de olvidar, de nuevo, el canon aristotélico y abrazar la "poética del esbozo". Pero el tiempo ha pasado. El Señor hace ruido, pretende hacernos reir resbalándose una y otra vez con la cáscara de plátano, pero termina por abrazar la imposibilidad de su existencia ante los ojos de un espectador cansado de mirar. El viento ya no genera admiración, se convierte en el vestigio de una vida terrible que sólo el cine es capaz de recoger. La risa ya no surge de la atracción del cuerpo, sino del patetismo latente en una figura que intenta adoptar la forma de un tiempo que, como avisaba Pablo Llorca en su película, ya no es el que fue.

Carlos Rivero