El toque Bogdanovich

Noises off!-Peter Bogdanovich

Peter Bogdanovich inicia una carrera de éxitos en el seno de Hollywood filmando los resquicios de un cine abandonado en The Last Picture Show (1971). El auge de la televisión se extiende hasta una pequeña ciudad de Texas y convierte los primeros pasos del director norteamericano, de descendencia centroeuropea, en un canto solemne de angustioso desencanto, síntoma de un cine americano que ya observa el mundo bajo el prisma de una nueva mirada. En este caso, la que nace de un continuo tour de force periodístico prolongado en el tiempo, mediante conversaciones con todos esos pioneros hoy incuestionables, tales como Ford, Lang, Hawks o el propio Hitchcock. Escribir crítica para cambiar el cine, o así lo ven algunos profesionales implicados en la búsqueda de un nuevo paradigma, algo que Bogdanovich supo entender muy bien. Su labor teórica se enfrenta a su oficio de cineasta, pues, al fin y al cabo, la crítica y el cine no son más que el arte de hacer preguntas, con o sin respuesta.

Allan Dwan(Robin Hood , 1922), en una de dichas entrevistas, afirma con rotundidad no creer que el cine sonoro pueda compararse al mudo, pues no es más que una prolongación del teatro con mayores decorados. Algo debió encenderse en el interior de Bogdanovich, que, años más tarde, ofrece en Noises Off! un juego hilarante en torno a la forma, al movimiento del cuerpo y al tratamiento del sonido, entroncando con un pasado como dramaturgo imposible de olvidar. Un divertido Michael Caine intenta levantar una obra de teatro en la que parece no creer, dirigiendo a unos actores incapaces de abandonar su realidad dramática y ponerse al servicio de la comedia que la ficción les impone.

Bogdanovich despliega su respuesta y desmitifica esa idea fundacional y nostálgica que siempre conlleva enaltecer todo tiempo pasado. La era del sonido, y toda esa tradición de representación hollywoodiense que había supuesto, se desnuda frente al tiempo del cuerpo y su espasmo como atracción, en una dialéctica que apuesta por la equidad de formatos. Es tiempo de intentar recordar un cine extinto, incluso ensalzarlo, no desde el anhelo, sino como último grito de guerra, de celebración. Algo de lo que sabe mucho alguien como Lubitsch, al que precisamente Bogdanovich se refiere como ese director que nunca conoció, encontrando en su "toque" una envidiable capacidad para burlarse y celebrar la forma al mismo tiempo, para acercarse a la ligereza del dispositivo que no por desprenderse del lastre de la pretensión olvida la belleza de lo minúsculo. Ya lo decía Eugene Ionesco, referente de lo absurdo: la verdad no tiene más que dos caras, pero su tercer lado es el mejor. El cine sonoro prolonga el teatro y descubre su reverso, que no es otro que la réplica de su pasado mudo. El público aplaude. Una vez más la forma produce burla, pero también se celebra. Allan Dwan no existe, ni tampoco Bogdanovich. No hay última película, ni ruina de función, sólo el placer de hacer cine; el tercer lado prevalece como espectáculo.

Carlos Rivero