El intersticio de su historia

Joe-David Gordon Green

"Así que esa es nuestra bandera, por la que hemos luchado."

La bandera de los Estados Unidos de América se alza al final de Drums Along the Mohawk (John Ford, 1939), tras un largo conflicto bélico entre indios, británicos y colonos. La semilla de un futuro mejor descansa a los pies del vociferio de un colectivo entregado a la causa. Aunque tanto entusiasmo no engaña a Ford, siempre en contacto con su historia y responsable de su imagen, que inserta, tras el alzamiento, un plano de una esclava con lágrimas en el rostro. Pero,¿están estas lágrimas al servicio de la patria o son, por el contrario,el síntoma del largo camino que aún deben recorrer sus hombres?. La paz continúa siendo un punto minúsculo en el horizonte, el sol aún alumbra una tierra de falsas esperanzas.

Años después, David Gordon Green inicia su filmografía rodando los pasos de un joven perteneciente a una pequeña localidad de Carolina del Norte, George Washington, símbolo de la desmitificación del héroe americano. Su deambular es dubitativo, pero no su mirada. La cámara de Green se inserta en el espacio y lo invade. Las lágrimas filmadas por Ford no son más que la savia que alimenta el nuevo cine americano, el preludio de una guerra sin vistas a un final. Directores como Gus Van Sant, o, más recientemente, Jeff Nichols, parecen recoger el legado de Ford y devuelven su objetivo hacia el cielo que les vio nacer. Pero algo ha cambiado, la promesa de un nuevo amanecer ya no es posible, sólo la radiografía de su espacio, del espíritu de los hombres que lo habitan. Green observa su entorno, ya lo hizo en All the Real Girls, donde el amor sólo es un motivo más del resquebrajamiento emocional de sus gentes, o en Prince Avalanche, y el espacio calcinado de un bosque abandonado que se mimetiza con la soledad de las almas que lo transitan. Pero es en la primera secuencia de Joe, su última película, dónde destapa su auténtico rol: el relevo generacional. Gary, el personaje que interpreta Tye Sheridan, advierte a su padre, un borracho y violento maltratador, de que pronto pagará sus crímenes, el peso de su historia. En un largo plano fijo sentimos la mirada del viejo, la ausencia de arrepentimiento que descansa en sus arrugas. Los hombres ya no reaccionan ante el dispositivo cinematográfico más que para ser ellos mismos, tan podridos como son en realidad. Para el joven Gary, no hay más esperanza que la destrucción de su pasado. Debe cortar sus lazos de sangre, el germen de su propia destrucción.

Hay un nuevo sheriff en la ciudad, pero éste nada entiende de leyes o justicia. Quizás en otro tiempo, pero no ahora, donde la paz no habita en los hombres, sino en el sol que golpea el rostro de Joe, transmutado en un Nicolas Cage cuyo cuerpo cinematográfico adquiere mayor presencia en manos de un Figgis, un Jonze o un Green, que de un Shumacher o un Cabezas. Y es que hay algo en la mirada de Joe que lo acerca al Mud de Nichols, o al Kenny Powers de Eastbound and Down, serie de la que el propio Green es responsable de firmar los mejores episodios. El nuevo héroe americano no es más que un eco de otra época, vive en el intersticio de su historia, esto es, el espacio que media entre dos partes de un mismo cuerpo: el principio y el final de la paz americana. Mientras, es momento de volver a ver las películas de John Ford, retomar sus valores y encuadrar de nuevo el horizonte. Tras la muerte de Joe, se produce el relevo, pero el sol del viejo Oeste no es tan distinto del que azota la granja que trabaja Gary. Ya lo avisaba Henry Fonda tras izar la bandera: "Será mejor que volvamos al trabajo, a partir de ahora tendremos mucho que hacer.". Gary recibe el mensaje y clava la pala en la tierra, pero aún retumban tambores a lo largo del Mohawk.

"Estos hombres trabajan como perros. Yo creo en ellos, pero se marchitan, envejecen..., el viejo Oeste ya no existe". Joe

Carlos Rivero