El buen mal cine

Un ramo de cáctus- Pablo Llorca

 

El SEFF llega a su recta final, tan solo unos pocos días de exilio cinematográfico al final del camino. Entre nuevas olas, propuestas radicales, profetas icónicos y, por qué no decirlo, visiones maniqueístas y manidas, hoy es día de resistencia, la de un cineasta que lleva veinticuatro años realizando largometrajes, siempre en la cuerda floja. Pablo Llorca no vive la crisis con desánimo, se acostumbró a vivir en ella cuando no le tocaba, cuando los primeros espectadores empezaron a cuestionar su extraña propuesta antiestética. Ya el pasado festival, Recoletos dixit, se oían por las calles improperios y resoplidos, manotazos de un público furioso, lejano a la conexión que, indudablemente, necesita su obra. Con un Ramo de Cactus la historia se repite, si bien es verdad que parece haber entrado mejor por su alta capacidad narrativa, por su debate interno para con nuestra querida España.

Llorca es un cineasta tosco, feo y parco en imagen. Su estilo desprovisto de toda intención preciosista aleja su visión de aquello que llaman el nuevo cine español. Su trabajo es viejo, dormido en la memoria histórica, construido desde el asco. El fallo es notorio, no hay voluntad de hacer del mismo un gesto artístico, es el fallo por el fallo, como el arte por el arte. España es un país de envidiosos, de corruptos, de ignorantes, etc. España nos produce pereza, nos aburre observar sus calles, sentir su ritmo, inhalar su aroma. La cámara de Llorca es correlato de nuestro odio, del discurso que vende el español, del discurso que quizá no tenemos más remedio que vender. Todo apesta a podrido, a país desincronizado, a frases que se cortan a medias, a encuadres cansados de existir. El sonido intenta escabullirse, intenta eliminarse entre canales, intenta pisarse entre pistas, produce un sonido ensordecedor, furioso y picado. No hay lugar para la interpretación, para tiempos de método y muecas compungidas. Por momentos, los personajes miran a cámara, esperando que ésta los saque de semejante horror. Pedro Casablanc se mueve por un mundo de intérpretes sin titulación, se contagia del tono forzado, del movimiento inerte, del discurrir natural de lo absurdo.

Si en Recoletos veíamos una España anclada en el pasado, incapaz de avanzar y olvidar los errores cometidos, en Un Ramo de Cactus nuestro queridísimo país permanece congelado en el presente. En las aceras solo hay quejas, críticas a una sociedad de consumo por parte de incluso aquellos que la apoyan (sic). El miedo al progreso inunda la voluntad de una ciudadanía sumida en la complacencia ante la catástrofe, acostumbrada al tomate de calidad. Se volverán a repetir los mismos errores, el tiempo seguirá sostenido, por mucho que las nuevas generaciones sean educadas. En los últimos minutos, la ficción se choca con la realidad en mitad de una revuelta social. Pero nada salva a Llorca, su cine es el mismo, tan asqueroso como el país que retrata, tan repugnante como esta España que tantas náuseas nos produce. Tan genial como necesario, tan sincero como honesto y coherente porque, en el fondo, estamos ante una propuesta muy arriesgada. El dispositivo cinematográfico se aplica el mismo cuento que relata. Por sus poros se escapa un auténtico sudor cargado de responsabilidad política y social. Pablo Llorca es un genio, nos hace reír, nos divierte y nos lleva de la mano hacia una difícil conclusión: sin mal cine no hay mala España. Y esto, le pese a quien le pese, es un canto al buen hacer de un director que un día supo que el fallo justificado puede ser el perfecto síntoma de una gran película.

Carlos Rivero