¿De verdad puedes decirme cuál es mi nombre?

O quinto evanxeo de Gaspar Hauser- Alberto Gracia

En el año 1977, el fotógrafo Larry Sultan, junto con Mike Mandell llevaron a cabo un proyecto que suponía un absoluto desafío acerca de la objetividad y credibilidad de la imagen. La fotografía, al ser movida de su ámbito natural hacia el ámbito del arte recontextualiza su significado. Presentaron una serie de imágenes procedentes de un campo científico, institucional o médico, imágenes que, en definitiva, tienen su razón de ser en la demostración, en ser prueba de algo, en ser evidencia. Pero la imagen no es prueba de nada, Larry Sultan lo sabía. Su descontextualización hace que se torne hacia lo extraño, el más profundo surrealismo emerge de la absoluta banalidad. 

Alberto Gracia, en el que es su primer largometraje, experimenta con el lenguaje y la imagen audiovisual en un trabajo donde subyace la misma idea que en Evidence. Un caballo filmado de cerca en 16 mm, nos abre la puerta a un film oscuro y siniestro en uno de los principios más poderosos de todo el SEFF de este año. 

Un agujero en la corteza de un árbol nos transporta a todo aquello que permanecía oculto en el interior de In the Mood for Love. Pero es otro icono el que sirve como espejo a partir del cual plantear una pregunta. Alberto Gracia parte de la leyenda de Gaspar Hauser y del trabajo previo de Herzog allá por 1974, donde el director alemán imponía su visión, siempre personal, sobre un hombre que crece encerrado y tiene que enfrentarse a su condición de humano bien avanzado en edad. El gallego, a su vez, plantea un antiremake, un mundo visto a través de los ojos de Gaspar. Si Herzog esgrimía un ensayo acerca de la construcción del lenguaje y sus dificultades, Gracia pretende ahondar en la veracidad de los hechos, en lo que es verdadero y lo que puede no serlo. El propio cine como mentira constante. La realidad se muestra esquiva desde el momento que la cámara se ancla al suelo. No existe cotidianeidad en ningún gesto filmado, ni en la patata que se sirve caliente ni en el caballo que soporta el vendaval. Todo existe en la mente del creador, todo es convulsivo, dolorosamente falso. 

Al igual que Gaspar Hauser tuvo que aprenderlo todo de manera tardía, las imágenes de este quinto evangelio nos apelan proponiendo que quizá, como Hauser, tenemos que reaprender el mundo. Un mundo que vive en la desconfianza de su falsa imaginería. Tras el agujero estamos nosotros, frente al proyector de cine, contemplando la imagen construida que habita en el film. Tan veraz y falsa, como falsa y veraz es nuestra propia ficción. Todo se repite, todo desaparece. Como en Begotten, película de culto dirigida por E. Elias Merhige, el cine nos pregunta, nos apela directamente: ¿De verdad puedes decirme cuál es mi nombre? El lenguaje es imposible, la relación entre lo subjetivo y lo real se antoja quimérica. La ficción sólo es un retazo de su propia inexistencia. La imagen en sí no es prueba de nada, sólo es evidencia, de nuevo, de su propia ambiguedad.

Carlos Rivero