Ante el dolor de los demás

Compliance-Craig Zobel

Un cartel de enormes dimensiones nos abre los ojos, "basado en hechos reales". De fondo un inquieto violín adereza la escena y nos anticipa el auténtico carácter del relato que estamos a punto de presenciar, situándonos en tierra de nadie, a salvo del horror de la realidad pero en una ficción no tan ajena a ella. Craig Zobel, prometedor director y guionista norteamericano, abandona la comedia tras su ópera prima, The Great Sounds of World(2007), y se sumerge en un pantanoso juego de verdad y mentira a partir de la reconstrucción de un delito real: el abuso sexual de una adolescente en el almacén de un restaurante de comida rápida, sirviéndose de la imagen para esbozar un retrato de la condición humana y de los límites de la mirada ante un objeto que causa repulsión.

Susan Sontag, en uno de sus tratados sobre fotografía, afirma que para que la imagen denuncie ha de conmocionar, pues el espectador siempre puede no mirar. Zobel responde a Sontag, encuentra la grabación real de una cámara de vigilancia que circula por la red, y pone a funcionar la maquinaria de la ficción al servicio de una verdad difícil de digerir. Mirar y no mirar son conceptos del pasado, ya no es nuestra decisión. El poder del suspense destroza nuestra voluntad, pues, al fin y al cabo, no es más que la inducción de una tensión ligada a la necesidad de obtener un desenlace. Nuestra condición de espectadores voyeuristas queda al descubierto. Hitchcock, más que un cineasta, fue un auténtico visionario que entendió cómo el cine y su entramado pueden revelar el lado oscuro que tiene todo acto de observar. Alguien mueve los hilos tras la calma cotidiana, al otro lado del teléfono un psicótico despliega su particular usurpación de identidad. La realidad ha abdicado, el relato se apodera de ella. No queremos mirar, pero necesitamos un desenlace, alguien ha pulsado las teclas adecuadas.

La cámara se mueve lentamente por el espacio, esconde todo aquello que necesitamos ver y expone las roturas de lo visible, el malestar y desasosiego al que nos somete la imagen cuando se acerca peligrosamente a lo real. La verdad oculta nos repele y atrae a partes iguales, pero ¿quiere la gente que la horroricen?, se pregunta Sontag. Zobel vuelve a responder: sí, pero sólo a cambio de una representación eficaz. Pues, si fotografiar personas es violarlas, ficcionalizarlas también lo es; convertirlas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente(sic). Experimentos como el de Milgram parecen aportar algo de luz al final del túnel. El ser humano es capaz de todo, pero sólo existe un modo de aguantar la mirada ante el dolor de los demás: huir de la responsabilidad de lo filmado. La imagen nos interpela pero no nos pertenece. La auténtica obediencia radica en asumir los engranajes del poder. La realidad sólo es un enorme Mcguffin, un pretexto que hace avanzar la trama, un anzuelo que deseamos morder para así poder mirar.

"La pureza del cine se muestra en el hecho de que la imagen expresa la concreción e irrepetibilidad de un hecho real". Andrei Tarkovski

Carlos Rivero